En las estancias más antiguas del tiempo, cuando la música modelaba montañas y la luz danzaba sin sombra, fue pronunciada La promesa. No nació de un juramento forzado, ni de un tratado entre iguales. Fue una herencia planeada por el Rey de la Eternidad y otorgada por amor a Sus criaturas: vida inmortal, perpetua paz, y comunión con Él en reinos de gloria.
Pero la herencia fue codiciada.
Un ser brillante entre los guardianes del trono, que será conocido como el Usurpador, alzó su voz contra el Altísimo. Sembró dudas entre los libres, y donde reinaba la armonía, sembró el germen de la rebelión. Fue expulsado del Reino, pero no derrotado. Su mirada cayó sobre la joya recién formada por las manos del Creador: un mundo llamado La Tierra, habitado por la primera pareja, los herederos del pacto divino.
